El Archivo Arkhé se ha convertido en uno de los proyectos archivísticos más singulares dedicados a la memoria cultural queer y al arte latinoamericano contemporáneo. A través de revistas clandestinas, publicaciones efímeras, fotografías, correspondencia, archivos personales y materiales gráficos, Arkhé construye un espacio de investigación y preservación que cuestiona los relatos oficiales sobre cultura, sexualidad e identidad. En esta entrevista conversamos sobre el valor historiográfico de los documentos marginales, las tensiones entre archivo y exposición, la dimensión transnacional del proyecto y los desafíos que enfrentan las memorias disidentes en el contexto de la digitalización y la inteligencia artificial.

 

1. El Archivo Arkhé reúne actualmente decenas de miles de piezas vinculadas al arte latinoamericano y a la memoria cultural LGTBIQ+. ¿Cómo se articula la convivencia entre estos dos grandes ejes dentro del archivo?

En Arkhé no entendemos el archivo queer y el archivo de arte latinoamericano como dos territorios separados, sino como dos capas que se entrecruzan constantemente. América Latina ha producido una enorme cantidad de experiencias, imágenes y redes culturales atravesadas por la disidencia sexual, aunque muchas veces estas hayan sido invisibilizadas por los relatos oficiales del arte y de la historia cultural. Lo queer no aparece para nosotros como un anexo identitario, sino como una dimensión de la modernidad latinoamericana y casi, en algunos momentos históricos, como una experiencia poética y política que entra en el territorio de la vanguardia, entendida esta ya sea como faro o como ruptura.

Al mismo tiempo, el archivo ha intentado escapar de una visión puramente militante o exclusivamente identitaria de la memoria LGTBI+. Tampoco somos un archivo estrictamente latinoamericanista, ya que tenemos materiales del Sur y del Norte Global, que sirven para tensionar debates, aproximaciones y formas de ver. Nos interesa entender cómo las sexualidades disidentes dialogan con procesos más amplios: las vanguardias, las migraciones, los autoritarismos, las culturas populares, la fotografía, el mercado editorial o las redes intelectuales transnacionales. En ese sentido, Arkhé funciona más como un sistema de relaciones que como una suma de colecciones autónomas.

2. El proyecto comenzó como una colección privada y terminó convirtiéndose en una institución de documentación e investigación. ¿En qué momento entendisteis que el archivo debía asumir una dimensión pública?

Creo que hubo un momento en el que entendimos que muchas de las piezas que estábamos reuniendo no sobrevivían en ningún otro lugar: revistas clandestinas, fotografías vernaculares, panfletos de activismo, correspondencia, archivos personales o publicaciones efímeras habían quedado fuera de las bibliotecas nacionales, los museos y los relatos académicos. Recuerdo una vez, cuando era estudiante, hace más de veinte años, que un profesor universitario algo ortodoxo me dijo, con cierta molestia, que escribir historia desde una óptica marica era entrar en el territorio del chisme y de la intromisión en la “vida privada” ajena, y que esa no era la misión de un investigador “serio”. Ese era el ambiente académico predominante cuando empecé a trabajar con archivos queer… en este sentido, no quiero siquiera saber los criterios de descarte que se aplicaban a los documentos LGTBI+ cuando intentaban ingresar a la institución “museo”, “biblioteca” o “archivo”: tanto los productores del archivo (activistas y herederos) como los receptores (las instituciones), aplicaban al unísono criterios de descarte sobre aquello que pareciera más o menos marica.

En todo caso, en algún momento, quizá cuando el volumen de los materiales excedió las habitaciones de mi apartamento, apareció una responsabilidad que superaba completamente el gesto privado del coleccionismo, al menos el coleccionismo entendido desde una óptica clásica. De hecho, yo no me identifico como un “coleccionista” con las implicaciones estándar (y mediatizadas) que tiene esta palabra: tengo una perspectiva muy crítica y mi óptica es muy poco del mainstream ferial o galerístico. Me identifico más como un archivista que adquiere, custodia y genera relatos sobre unos materiales (complejos y problemáticos para algunos) de forma temporal: mi público objetivo habita en el futuro, más que en el presente. Trabajo para los ciudadanos por venir.

Por último, más que convertirnos en una “institución” en el sentido clásico, lo que ocurrió fue que el archivo empezó a reclamar una función pública. Y esa función pública no pasa solamente por adquirir y conservar, sino por producir nuevas lecturas críticas sobre América Latina, el cuerpo, el deseo y las formas en que ciertas memorias han sido sistemáticamente expulsadas de la historia oficial. Y tengo que confesarte que este tránsito hacia lo público desde la iniciativa privada ha sido complejo y costoso en términos económicos y afectivos. Nuestro siguiente reto es conseguir una nueva sede: estamos trabajando actualmente en un espacio tres veces más pequeño que el que necesitaríamos para estar con una cierta plenitud.

 

3. Muchas de las piezas conservadas —revistas clandestinas, panfletos, correspondencia o documentación efímera— proceden de materiales tradicionalmente excluidos de los archivos institucionales. ¿Qué valor historiográfico tiene trabajar con este tipo de documentos?

Para nosotros esos materiales no son secundarios: son precisamente el lugar donde la historia se vuelve más compleja y humana. Los grandes relatos nacionales suelen conservar aquello que consideran estable, legítimo o monumental; en cambio, la vida cotidiana, el deseo, la marginalidad o las culturas subterráneas sobreviven muchas veces en objetos extremadamente frágiles y efímeros.

Trabajar con estas fuentes permite reconstruir formas de sociabilidad, redes afectivas, lenguajes políticos y experiencias corporales que de otro modo desaparecerían. Un panfleto fotocopiado, una carta amorosa o una revista hecha con recursos mínimos pueden decir muchísimo más sobre una época que ciertos documentos oficiales cuidadosamente legitimados por el poder. Y con “poder” no me refiero únicamente a las instituciones oficiales sino también al mainstream de lo que popularmente (y mediáticamente) se entiende como “coleccionismo”.

4. Archivo Arkhé insiste en la idea de rescatar “fuentes primarias” para escribir otras historias posibles de América Latina y de la disidencia sexual. ¿Hasta qué punto el archivo puede cuestionar los relatos oficiales sobre cultura e identidad?

Yo diría que el archivo no solo puede cuestionar estos relatos oficiales, sino que inevitablemente termina haciéndolo. Cuando aparecen documentos que contradicen los imaginarios nacionales, las cronologías oficiales o las nociones normativas de ciudadanía y sexualidad, el archivo se convierte en una herramienta desestabilizadora.

En América Latina todavía existen relatos culturales muy atravesados por la heterosexualidad obligatoria, por formas conservadoras de masculinidad y por visiones centralistas de la cultura. Las fuentes primarias permiten mostrar que las experiencias queer, travestis, homosexuales o trans no fueron anomalías marginales, sino parte activa de la construcción cultural y política del continente. El archivo, en ese sentido, no solo conserva memoria, sino que produce nuevas posibilidades de lectura histórica.

5. Parte del trabajo del archivo consiste no solo en conservar materiales, sino también en contextualizarlos mediante exposiciones y proyectos curatoriales, como Pluma Roja. ¿Cómo cambia la lectura de los documentos cuando pasan del depósito al espacio expositivo?

El documento cambia radicalmente cuando entra en el espacio expositivo. En el depósito funciona como fuente; en la exposición empieza a operar también como imagen, como presencia material y como dispositivo afectivo. Una revista clandestina o una carta pueden adquirir una potencia completamente distinta cuando el público las encuentra en diálogo con obras de arte, fotografías, sonidos o relatos curatoriales.

Nos interesa mucho trabajar esa transición sin convertir el archivo en una simple estetización del pasado. La exposición debe permitir nuevas capas de lectura sin borrar la fragilidad histórica de los materiales. En proyectos como Pluma Roja intentamos precisamente eso: que los documentos no aparezcan como reliquias muertas, sino como cuerpos políticos (o cuerpos incorruptos, como me gusta llamarlos) que interpelan el presente.

 

6. El archivo opera entre Colombia y España, y trabaja constantemente sobre redes culturales transnacionales. ¿Cómo influye esa dimensión migrante y transatlántica en vuestra forma de entender la memoria?

Influye completamente. Arkhé nace en América Latina, pero desde la experiencia del desplazamiento, la migración y las redes culturales que históricamente han conectado ambos lados del Atlántico. Muchos de los artistas, escritores y activistas presentes en el archivo vivieron procesos de exilio, circulación o intercambio transnacional. Muchos de estos activistas enviaban sus manuscritos y publicaciones de un lado del mundo al otro: no tenían prejuicio nacionalista alguno, sino una lógica de la diseminación, de compartir experiencias y formas de vida en cada lugar del planeta. Por eso nos parecía insuficiente pensar el archivo desde una lógica puramente nacional. De hecho, nos gusta imaginar a Arkhé como una suerte de institución cultural posnacional, una idea en la que venimos trabajando, una entidad que no depende estrictamente del modelo Estado-Nación (que es la lógica tradicional de las instituciones culturales). No nos interesan los territorios del homonacionalismo, ni las lógicas patrimonialistas habituales, ni somos una máquina de legitimación de un determinado Estado o gobierno. Además, conocemos la histórica relación hostil de los Estados-Nación con las memorias sexogenéricas, por lo que sólo nos interesa trabajar con los Estados en una relación de colaboración e igualdad, no de subordinación o rendición. 

Además, trabajar entre Colombia y España permite entender cómo ciertas memorias queer latinoamericanas se transforman al entrar en contacto con otros contextos políticos y culturales. El archivo termina funcionando como un espacio de traducción entre historias locales y procesos globales.

7. En varias entrevistas habéis señalado la dificultad de encontrar registros afectivos y cotidianos de las comunidades queer latinoamericanas. ¿Qué ausencias o vacíos siguen siendo especialmente difíciles de documentar?

Uno de los vacíos dentro de Arkhé sigue siendo la representación de las comunidades intersexuales y, en cierta medida, también de las experiencias lésbicas. En el caso intersexual, el problema es particularmente complejo porque durante décadas estas vidas quedaron atrapadas casi exclusivamente dentro del discurso médico y hospitalario, produciendo muy pocos archivos autónomos o comunitarios. Muchas de esas experiencias fueron administradas desde el secreto, la patologización y la invisibilidad familiar, lo que dificulta enormemente la aparición de memorias materiales producidas por las propias personas intersexuales.

En el caso de las comunidades lesbianas, el vacío tiene características distintas. En muchos países de América Latina y Europa, los movimientos lésbicos se articularon históricamente más cerca del feminismo, de los espacios editoriales de mujeres y de ciertas luchas políticas autónomas que del movimiento homosexual masculino o incluso del actual paraguas LGTBIQ+. Eso hizo que gran parte de sus archivos circularan en redes diferentes, muchas veces menos institucionalizadas y, hay que decirlo, sus herederas tienen a veces más recelo a la hora de compartir sus materiales. Revistas de corta duración, boletines, espacios de encuentro, correspondencias o proyectos comunitarios desaparecieron con enorme facilidad. Para Arkhé, uno de los desafíos futuros más importantes consiste precisamente en reconstruir esas genealogías fragmentadas sin absorberlas de manera artificial dentro de una narrativa única de la disidencia sexual.

8. Frente a modelos archivísticos más tradicionales, Arkhé incorpora materiales populares, gráficos y contraculturales. ¿Qué criterios seguís para decidir qué debe preservarse y qué puede adquirir valor documental en el futuro?

Intentamos no trabajar desde jerarquías demasiado rígidas entre “alta cultura” y cultura popular. Muchas veces los materiales aparentemente menores —un flyer, una fotografía anónima, una revista fotocopiada o un afiche callejero— terminan siendo fundamentales para entender una época. Y a la vez nos gusta entender las obras de arte como “documentos”: desjerarquizarlas en la escala de las convenciones y ayudarlas a potenciar esa capacidad de comunicar tensiones sexopolíticas.

El criterio principal es la capacidad del objeto para activar relaciones históricas, afectivas o políticas. Nos interesa especialmente aquello que documenta formas de vida en riesgo de desaparición: escenas queer periféricas, publicaciones del Sur Global, archivos personales, imágenes vernaculares o redes culturales poco estudiadas. El archivo intenta pensar no solo qué fue importante en el pasado, sino qué podría volverse indispensable para las generaciones futuras y por eso también almacenamos activamente documentos del presente.

9. El archivo parece situarse en un punto intermedio entre centro de investigación, espacio cultural y plataforma política. ¿Cómo gestionáis esa combinación de funciones dentro del proyecto?

Creo que esa mezcla no es una contradicción, sino parte de la naturaleza misma del archivo. Arkhé tiene una dimensión investigativa muy fuerte, pero al mismo tiempo trabaja con memorias atravesadas por la violencia, la censura y la exclusión; por lo que es imposible fingir neutralidad crítica o política.

Sin embargo, tampoco nos interesa convertir el archivo en propaganda o consigna. Lo político, para nosotros, aparece sobre todo en la posibilidad de complejizar los relatos históricos y de devolver espesor cultural a experiencias que fueron simplificadas o invisibilizadas. El archivo funciona entonces como espacio de investigación, pero también como dispositivo crítico y como herramienta de imaginación histórica.

10. Para terminar: en un contexto de digitalización masiva e inteligencia artificial, ¿qué desafíos identificáis para la preservación y la interpretación crítica de las memorias queer y latinoamericanas?

La digitalización ha permitido salvar y democratizar muchísimos materiales, pero también introduce nuevas fragilidades. Existe una ilusión de permanencia digital que en realidad es muy inestable: plataformas que desaparecen, archivos que dejan de ser legibles, algoritmos que invisibilizan ciertos contenidos o formas de censura automatizada que afectan especialmente a las sexualidades disidentes.

Además, la inteligencia artificial abre preguntas complejas sobre autenticidad, manipulación y sobreproducción de imágenes. En ese contexto, el archivo físico recupera una importancia enorme como espacio de verificación material y de contacto directo con los documentos. Creo que uno de los grandes desafíos del futuro será precisamente mantener una lectura crítica de las imágenes y de los datos, entendiendo que la memoria no es solo información acumulada, sino también contexto, materialidad y experiencia histórica.

En los últimos años Arkhé ha comenzado a desarrollar una política específica de documentación digital orientada especialmente hacia memorias queer producidas en contextos de alta fragilidad política o institucional. El archivo recibe actualmente revistas nacidas en digital, publicaciones independientes en PDF, boletines militantes, blogs, campañas gráficas, archivos audiovisuales, fotografías, documentos de activismo y materiales efímeros provenientes sobre todo de América Latina, África y Asia, regiones donde muchas veces las comunidades LGTBI+ no lograron consolidar infraestructuras editoriales físicas estables. Nos interesa particularmente aquello que circula en plataformas precarias, redes sociales o espacios digitales susceptibles de desaparición rápida, entendiendo que buena parte de las primeras escrituras públicas queer del siglo XXI están ocurriendo en esos territorios frágiles e inestables de internet.

Paralelamente, Arkhé adelanta el proceso de digitalización de sus fondos físicos con el apoyo económico del Ministerio de Cultura de España y la colaboración de estudiantes en prácticas del Máster en Estudios LGTBIQ+ de la Universidad Complutense de Madrid. Este trabajo incluye la catalogación, digitalización y organización de revistas históricas, archivos fotográficos, documentos efímeros, publicaciones militantes y materiales gráficos vinculados a las disidencias sexuales y a la cultura visual latinoamericana. Inicialmente digitalizamos 7500 ítems y esperamos evolucionar a un ritmo anual de 2000 ítems. Más que producir réplicas digitales, el proyecto busca construir herramientas de acceso, investigación y preservación a largo plazo para materiales que, en muchos casos, sobreviven en muy pocos ejemplares o permanecieron durante décadas fuera de los circuitos institucionales.

Halim Badawi (Colombia, 1982 - reside en Madrid, España)

Halim Badawi (Colombia, 1982 - reside en Madrid, España)

Fundador y director artístico del Archivo Arkhé en Madrid

Es un crítico, investigador y comisario dedicado al arte colombiano y latinoamericano de los siglos XIX al XXI, en especial a la historia del coleccionismo, el mercado del arte, los archivos de artistas y los procesos del arte moderno en América Latina; sobre estos temas ha publicado alrededor de trescientos artículos, ensayos, catálogos y libros, incluyendo el libro ‘Historia urgente del arte en Colombia’ (Bogotá: Crítica, 2019).